Amor y rigor

El arte de apretar con amor.

Queremos que nuestros hijos sean felices, y por eso les evitamos cualquier dolor, cualquier "no", cualquier frustración. El psiquiatra Luis Gutiérrez Rojas advierte que ese amor, con toda su buena intención, puede estar formando adultos incapaces de sostenerse a sí mismos. Un artículo sobre por qué poner límites —y saber pedir perdón— es, paradójicamente, la forma más profunda de amar.

Límites, sobreprotección y el revolucionario acto de pedir perdón a nuestros hijos

Por: Mtro. David E. Jovel Flores

Hay una frase que todo padre ha pronunciado alguna vez, casi como una plegaria de defensa: «Yo solo quiero que sea feliz.» Es una frase hermosa. Y es, también, una de las más peligrosas que existen en la crianza contemporánea.

En la carrera por ser los «padres perfectos», la sociedad contemporánea ha caído en una de las trampas más sutiles y dañinas del siglo XXI: la sobreprotección. Movidos por un amor malentendido que busca erradicar cualquier brizna de sufrimiento, frustración o aburrimiento en la vida de los hijos, estamos construyendo entornos artificialmente asépticos. El resultado no son niños más felices, sino una generación con una alarmante fragilidad emocional ante el mundo real. El Dr. Luis Gutiérrez Rojas, psiquiatra y agudo observador de las dinámicas familiares actuales, abordaba esta problemática con una contundencia necesaria: «Si alguien te ama, te aprieta, te lo pone difícil; y ahí, paradójicamente, surge la autoestima». Para la Revista Horizonte, profundizar en esta premisa no es solo un ejercicio editorial, sino una urgencia formativa e institucional. ¿Cómo rescatar el valor del límite y la autenticidad en la crianza?

La paradoja de la autoestima: no nace del aplauso, sino de la conquista

Existe la falsa creencia de que la autoestima de un niño se construye a base de elogios constantes y de evitarle cualquier trago amargo. Sin embargo, la psicología del desarrollo y la práctica clínica demuestran lo contrario. Un niño al que se le da todo digerido, al que se le perdonan sistemáticamente sus deberes o se le justifica cada mala conducta, se convierte en un adulto inseguro. Gutiérrez Rojas señala que la verdadera autoestima surge cuando la persona juega la partida y se descubre capaz de superar la dificultad por sí misma. El exceso de facilidades genera seres caprichosos e intolerantes a la frustración que, al salir al mundo real y descubrir que las cosas no funcionan a su antojo, colapsan.

Poner límites no es un acto de autoritarismo; es un acto de profundo amor y nido de contención. El límite le dice al niño dónde termina él y dónde empieza el otro; le enseña a respetar y a regular su propio deseo. Cuando un padre educa los deseos de su hijo y le pone trabas saludables, le está otorgando la herramienta más valiosa para el futuro: la resiliencia.

La ecología del hogar: los hijos no son el centro del universo

Uno de los diagnósticos más agudos del Dr. Gutiérrez Rojas sobre las crisis familiares en Occidente es el desorden en la jerarquía de los afectos. Con frecuencia, los hijos son colocados de forma neurótica en la cúspide de la pirámide familiar, orbitando toda la dinámica conyugal y económica a su alrededor.

Este modelo «puerocéntrico» es profundamente perjudicial. Cuando los hijos crecen creyendo que son el sol de la casa, desarrollan rasgos tiránicos y una incapacidad crónica para la empatía. El doctor aboga por un amor ordenado: la pareja o el proyecto de vida en común debe sostener la base del hogar. Cuando los hijos ven que sus padres se respetan, se priorizan y mantienen un vínculo sólido e independiente de ellos, experimentan una profunda seguridad. Aprenden que el mundo tiene un orden, que no todo gira en torno a sus apetencias y que el amor real implica convivencia, renuncia y espacios compartidos.

Conviene, aquí, una aclaración necesaria —sobre todo para quienes nos formamos, o formamos a otros, bajo el enfoque centrado en la persona de Carl Rogers—. La aceptación incondicional que Rogers describía nunca fue sinónimo de ausencia de estructura: era la capacidad de valorar a la persona sin condicionar su valía a su desempeño, no la renuncia a poner límites a su conducta. Aceptar a un hijo incondicionalmente es separar quién es de lo que hace; ponerle un límite a lo que hace es, precisamente, un acto de esa misma aceptación. Confundir ambas cosas —aceptación de la persona con permisividad ante la conducta— es el origen de buena parte de la sobreprotección que describe el Dr. Gutiérrez Rojas.

Pedir perdón a un hijo: la cátedra de la vulnerabilidad y la coherencia

Si los límites configuran la estructura, la honestidad configura el alma de la educación. El Dr. Gutiérrez Rojas pone sobre la mesa una práctica que considera más valiosa que cualquier manual de coaching o estrategia pedagógica prefabricada: el valor de que un padre sepa pedir perdón a su hijo.

«Un padre que le pide perdón a su hijo… eso vale más que 27 cursos de psicólogos. ‘Perdóname, no fui a verte al partido, me puse fatal, grité en casa, se me fue la olla… lo siento’», reflexiona el psiquiatra.

Tradicionalmente se pensaba que admitir un error ante los hijos restaba autoridad. Hoy sabemos que es exactamente al revés. Los hijos no son inmunes a la hipocresía; son auténticas esponjas que detectan la contradicción entre lo que predicamos y lo que hacemos. El padre que nunca se equivoca es un mito inalcanzable que solo genera distancia o frustración en el niño.

Cuando un padre o una madre se agacha, mira a su hijo a los ojos y le pide disculpas con el corazón en la mano, está dictando una cátedra magistral de formación humana:

  • Le enseña que errar es parte de la naturaleza humana, aliviando la presión por ser perfecto.
  • Le demuestra que el respeto es bidireccional, dignificando la persona del niño.
  • Le entrega el mapa de la humildad y la reparación, enseñándole cómo sanar un vínculo cuando se ha dañado.

Las virtudes no se explican en discursos solemnes; se respiran en la cotidianidad del hogar. Pedir perdón a un hijo, ponerle un límite que le disguste, sostener un «no» cuando cede el ánimo: ninguno de estos actos se parece al amor que vende la publicidad ni al que prometen los manuales de crianza positiva mal interpretados. Se parecen, más bien, al amor real: el que aprieta, el que incomoda, el que a veces se equivoca y lo reconoce. Ese es el amor que forma personas libres.

La pregunta que le dejamos al lector no es si ama lo suficiente a sus hijos —eso rara vez está en duda—; es si tiene el valor de amarlos también cuando eso implica decirles que no.

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