La comodidad

La paradoja de la comodidad.

Nunca hemos tenido tanto, y pocas veces habíamos tolerado tan poco. El Mtro. David E. Jovel Flores explora, junto al psiquiatra Luis Gutiérrez Rojas, por qué el exceso de comodidad nos está dejando sin defensas emocionales frente a la vida real, y qué tiene que ver esto con la manera en que educamos.

¿Por qué nos cuesta tanto aceptar la dificultad en la era del bienestar?

Por: Mtro. David E. Jovel Flores

Nunca en la historia habíamos tenido tanto, y pocas veces habíamos tolerado tan poco. Esa es la paradoja incómoda —nunca mejor dicho— que este artículo se propone desarmar.

Vivimos en una época que, sobre el papel, roza la perfección material. Los indicadores globales nos muestran un mundo con mayor acceso a la información, avances médicos sin precedentes y comodidades que nuestros abuelos jamás habrían imaginado. Sin embargo, detrás de las pantallas relucientes y las agendas perfectamente planificadas, los espacios de consulta psicológica y psiquiátrica se saturan. Una sombra silente recorre Occidente: la fragilidad emocional.

En una reciente y lúcida intervención en el espacio Aladetres, el reconocido psiquiatra español Dr. Luis Gutiérrez Rojas ponía el dedo en la llaga sobre una contradicción que define nuestro siglo: «Cuanto mejor vives, menos capacidad tienes de afrontar el sufrimiento».

¿Qué nos ha pasado en el camino? ¿Por qué la ausencia de fricción material nos está volviendo más vulnerables?

El sistema inmune del alma: el valor del antígeno

El Dr. Gutiérrez Rojas utiliza una analogía médica sumamente potente para explicar nuestra actual baja tolerancia a la frustración. Así como el sistema inmunológico necesita entrar en contacto con el antígeno —el virus o la bacteria, de manera controlada a través de una vacuna— para desarrollar anticuerpos y fortalecerse, la psique humana requiere del contacto con la dificultad para construir resiliencia.

Cuando insistimos en construir entornos ultraprotegidos, asépticos y carentes de cualquier atisbo de aburrimiento o retraso en la gratificación, privamos a la persona de su capacidad de autorregulación. El sufrimiento o la contrariedad no son fallos del sistema; son variables inevitables de la existencia. Al intentar extirparlos por completo, no estamos protegiendo a las nuevas generaciones; las estamos volviendo alérgicas a la realidad. Desde la perspectiva del desarrollo humano, el autoconocimiento no brota en la comodidad absoluta, sino en la manera en que respondemos cuando las cartas que nos da la vida no son las que esperábamos.

Esta analogía tiene una consecuencia directa para quienes formamos personas —como padres, como docentes, como instituciones educativas—: proteger no es lo mismo que inmunizar. Un entorno educativo que elimina toda dificultad no está cuidando al estudiante; está postergando el momento en que esa dificultad, inevitablemente, le llegará sin ninguna herramienta para afrontarla. La verdadera vocación formativa no consiste en allanar el camino, sino en acompañar a la persona mientras aprende a caminar sobre uno que tiene piedras.

La trampa del sentimentalismo y el secuestro del «Yo»

Uno de los puntos más agudos para la reflexión formativa es el cuestionamiento a la cultura del «haz caso a tu corazón» o «si ya no lo sientes, déjalo». Hemos transitado hacia un sentimentalismo radical donde el impulso volátil del momento se confunde con la brújula existencial.

El verdadero crecimiento personal, nos recuerda el especialista, no es un ejercicio de autocomplacencia ciega o de acumulación de experiencias hedonistas. La madurez acontece cuando alineamos tres ejes fundamentales: la cabeza (el pensamiento reflexivo), el corazón (la afectividad) y la voluntad (la capacidad de compromiso). Cuando la vida se edifica únicamente sobre el «me apetece», la persona se convierte en esclava de sus propias apetencias. La libertad auténtica no es la ausencia de límites, sino la capacidad de elegir conscientemente el bien, sostener el esfuerzo y abrazar la responsabilidad, incluso cuando la chispa de la motivación inicial se ha enfriado. > «Una persona madura es aquella en la cual no hay una contradicción continua entre lo que desea y lo que quiere… El virtuoso hace el bien sin esfuerzo.» — Dr. Luis Gutiérrez Rojas.

De la queja estéril a la aceptación liberadora

Frecuentemente observamos cómo el discurso social actual está impregnado de un victimismo crónico. Buscamos el origen de nuestro malestar fuera: en las estructuras, en la pareja, en la política o en el jefe. Sin embargo, la salud mental comunitaria y personal pasa inevitablemente por la recuperación del locus de control interno.

Gutiérrez Rojas apela a una distinción crucial que resuena profundamente con la psicología existencial y humanista: la aceptación no es resignación; es liberación. Resignarse es cruzarse de brazos con amargura ante la adversidad. Aceptar, en cambio, es mirar de frente a la realidad —con sus límites, sus pérdidas y sus dolores— y preguntar: «Con esto que me ha tocado vivir, ¿qué voy a hacer yo?».

Al igual que un GPS que recalcula la ruta cuando encuentra un camino cerrado, la persona madura despliega una flexibilidad cognitiva y existencial que le permite reencontrar el sentido en medio del naufragio.

La felicidad, al final del día, no depende de tener una mano de cartas perfecta en el juego de la vida, sino de la valentía, la honestidad y el amor con los que decidimos jugar la partida.

Queda, entonces, una pregunta incómoda para el lector, y también para quien esto escribe: ¿estamos formando personas capaces de jugar esa partida, o estamos, sin darnos cuenta, quitándoles las cartas de las manos para que no se frustren al perder?

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