¿Menos pantallas y más clásicos?: Por qué la pérdida de las Humanidades nos está enfermando

Podemos llegar a Marte, pero seguimos sin saber qué hacer con el vacío del domingo por la tarde. El psiquiatra Luis Gutiérrez Rojas sostiene que la crisis de salud mental de Occidente no se resuelve con más tecnología, sino con algo mucho más antiguo: filosofía, literatura y la incómoda costumbre de pensar despacio.

Autor: Mtro. David E. Jovel FLores

Elon Musk puede llevarnos a Marte. Lo que no puede hacer —ni él, ni ningún avance tecnológico— es decirnos qué hacer una vez que lleguemos. Esa distinción, aparentemente obvia, es el punto de partida de una de las reflexiones más incómodas del Dr. Luis Gutiérrez Rojas: hemos confundido el progreso técnico con el progreso humano, y estamos pagando esa confusión con salud mental.

La Ilusión del Progreso

Vivimos rodeados de soluciones asombrosas para problemas que, en el fondo, no son los que más nos duelen. Sabemos curar enfermedades que hace un siglo eran sentencias de muerte, pero seguimos sin saber qué responder cuando un paciente pregunta, en la soledad de un consultorio, «¿para qué sigo aquí?». Esa pregunta no es nueva. Ya la formularon —y en gran medida la respondieron— los griegos, los presocráticos y, siglos después, los filósofos existencialistas. El problema no es que carezcamos de respuestas: es que dejamos de leerlas.

El Dr. Gutiérrez Rojas es contundente al respecto: la tecnología puede resolver casi cualquier pregunta del tipo «¿cómo?», pero es completamente muda ante las preguntas del tipo «¿para qué?». Y son precisamente estas últimas las que sostienen —o derrumban— la salud mental de una persona. Delegar las preguntas trascendentales en el próximo avance de la inteligencia artificial es, en el mejor de los casos, una distracción; en el peor, una forma sofisticada de huida.

El cerebro analfabeto

Existe un segundo fenómeno, más silencioso, que el psiquiatra señala con particular preocupación: la atrofia del pensamiento propio. Cada vez delegamos más funciones cognitivas —recordar, argumentar, incluso decidir— al contenido rápido de internet o a la inteligencia artificial. El resultado no es solo comodidad: es una generación con un cerebro cada vez menos entrenado para sostener una idea compleja durante más de unos segundos.

Leer un libro, masticar una idea difícil, tolerar el aburrimiento de un párrafo largo: todo esto que hoy parece anticuado es, en realidad, el equivalente mental del ejercicio físico. Un cerebro que no se ejercita en el pensamiento propio no solo piensa peor; se vuelve, además, extraordinariamente influenciable. Quien no ha aprendido a sostener sus propias ideas termina adoptando, sin darse cuenta, las de cualquiera que hable con suficiente convicción o con suficiente volumen de seguidores.

Aquí conviene una precisión formativa, especialmente relevante para quienes trabajamos en educación desde el enfoque centrado en la persona de Carl Rogers. Rogers hablaba de una «tendencia actualizante»: una fuerza interna que empuja a toda persona hacia su propio crecimiento y complejización. Pero esa tendencia no se activa por sí sola frente a una pantalla; requiere condiciones que la propicien, y una de las más importantes es, precisamente, el ejercicio del pensamiento crítico y reflexivo. Un entorno educativo que solo entrega respuestas masticadas —por conveniencia, por rapidez o por miedo a frustrar al estudiante— no está facilitando esa tendencia natural: la está adormeciendo.

El «para qué» existencial

Todo lo anterior desemboca en el punto más profundo de la reflexión: la baja tolerancia al dolor de nuestra época no se explica solo por el exceso de comodidad, sino por la ausencia de un propósito que le dé sentido al esfuerzo y, sobre todo, al sufrimiento inevitable.

Viktor Frankl, superviviente de los campos de concentración nazis, retomó una idea que ya había esbozado Nietzsche y la convirtió en la base de toda su obra clínica posterior: quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo. No se trata de una frase motivacional de cafetería; es, literalmente, una observación clínica sobre la capacidad humana de resistir el sufrimiento extremo cuando existe un sentido que lo sostiene.

La paradoja contemporánea es que nunca habíamos tenido tanto acceso a la información sobre el sentido de la vida —bibliotecas enteras a un clic de distancia— y, al mismo tiempo, nunca habíamos estado tan desentrenados para digerirla. Tener el texto de Frankl en el celular no equivale a haberlo leído, y haberlo leído no equivale a haberlo pensado.

Nadie está sugiriendo abandonar la tecnología ni añorar un pasado sin comodidades. La pregunta que plantea el Dr. Gutiérrez Rojas es otra: si las preguntas que verdaderamente nos enferman son las que ya respondieron los clásicos hace veinticinco siglos, ¿por qué seguimos buscando la respuesta en el próximo lanzamiento tecnológico en lugar de abrir el libro que lleva esperándonos en el librero desde hace años?

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