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¿Hemos devaluado los símbolos del éxito académico? Este artículo nos invita a realizar un viaje desde las aulas de piedra medievales hasta las graduaciones escolares contemporáneas para descubrir cómo la toga y el birrete pasaron de ser un emblema de profunda investidura jurídica y ética a convertirse en un accesorio del espectáculo social. Una reflexión imperdible sobre la urgencia de rescatar el verdadero valor del mérito intelectual y la solemnidad universitaria.
En la sociedad contemporánea, la cultura visual y el consumo rápido han transformado profundamente las tradiciones. Actos que en su origen representaban hitos de iniciación, rigor intelectual o reconocimiento de mérito se han ido moldeando para complacer la inmediatez de la fotografía y el espectáculo social. De entre todas estas metamorfosis, pocas son tan evidentes en el ámbito educativo como la desacralización de la toga y el birrete: vestiduras solemnes que han pasado de ser un símbolo de maestría profesional a convertirse en un accesorio decorativo presente en casi cualquier etapa del trayecto escolar.
Para comprender la magnitud de esta inflación simbólica, resulta imprescindible volver la mirada al origen de estos hábitos y rescatar la solemnidad del protocolo universitario.
La historia de la toga académica se remonta a los siglos XII y XIII, coincidiendo con el nacimiento de las primeras universidades europeas en Bolonia, París y Oxford. En aquella época, la educación superior estaba estrechamente ligada a la vida clerical. Profesores y estudiantes vestían el manteau o cappa, una túnica larga de lana diseñada no solo para soportar el frío de las aulas de piedra en monasterios y catedrales, sino para transmitir una poderosa postura ética: la igualdad entre los estudiosos y la renuncia a la ostentación secular.
Ante el conocimiento no existían distinciones de cuna o riqueza; la toga nivelaba a todos bajo el rigor del estudio.
Por su parte, el birrete (del latín birrus, gorro, y del italiano berretta) evolucionó de las capuchas y casquetes medievales hacia la forma cuadrada que hoy conocemos en el ámbito anglosajón como mortarboard (por su similitud con la tabla que usan los albañiles para sostener el mortero). En el Renacimiento, esta forma geométrica no fue casual: la estructura cuadrada simbolizaba la solidez del conocimiento, el orden de las artes liberales y el dominio de las ciencias.
Posteriormente, la tradición académica asignó colores específicos a las borlas (tassels) y a las franjas del manto para identificar las distintas facultades —azul para filosofía y educación, verde para medicina, rojo para derecho, entre otros—, convirtiendo el vestuario en un lenguaje de jerarquía y mérito científico.
Uno de los gestos más repetidos en las graduaciones modernas es el acto festivo de arrojar el birrete al aire. Lejos de ser un rito medieval o una tradición académica ancestral, este gesto nació de un hecho contingente y militar en el siglo XX.
Ocurrió en 1912 en la Academia Naval de los Estados Unidos (Annapolis). Hasta ese año, los graduados debían servir obligatoriamente durante dos años como guardiamarinas antes de recibir sus despachos como oficiales, por lo que conservaban sus gorras de entrenamiento para el servicio activo. Sin embargo, en 1912 el Congreso estadounidense modificó la norma y otorgó los nombramientos de oficiales de manera inmediata al momento de la graduación.
Al saber que ya no necesitarían nunca más sus sombreros de guardiamarinas —al haber alcanzado el rango supremo de oficiales—, los graduados de la promoción de 1912, en un estallido espontáneo de júbilo, se quitaron las gorras y las lanzaron por los aires¹. La escena fue captada por la prensa y el cine de la época, y con el paso de las décadas Hollywood la inmortalizó en las películas universitarias, hasta convertir un gesto militar de despedida simbólica en un cliché global del marketing escolar.
En la sociología contemporánea se habla de la «inflación simbólica»: el fenómeno por el cual un símbolo pierde su valor real al ser sobreutilizado de manera indiscriminada.
Hoy en día es común observar a niños de preescolar, educación primaria o secundaria enfundados en togas y birretes sintéticos durante sus clausuras de curso. Si bien se entiende el deseo de las instituciones y de las familias de agasajar a los pequeños y celebrar el paso de una etapa a otra, la equiparación estética genera una confusión conceptual profunda: se confunde la terminación de un ciclo escolar con la investidura de un grado académico.
Al vestir con el hábito universitario a quien apenas inicia su camino formativo, el ritual se devalúa. Cuando el estudiante finalmente alcanza la meta universitaria tras años de esfuerzo, investigación, servicio social y examen profesional, el uso de la toga y el birrete ya no se percibe como la culminación de una vida académica, sino como la repetición de un vestuario de alquiler que ha portado en múltiples ocasiones.
Las instituciones de Educación Superior tienen el compromiso de salvaguardar el prestigio y la identidad de sus actos solemnes. Otorgar a cada nivel educativo el protocolo que le corresponde no significa demeritar el esfuerzo de los niveles básicos o medios, sino otorgar a la universidad el lugar que le pertenece como cúspide del desarrollo profesional.
Rescatar la distinción de nuestros ritos académicos es, en última instancia, defender la dignidad del mérito intelectual. Devolverle a la toga su carácter de investidura y al acto de titulación su rigor de compromiso social es el camino para que el título universitario vuelva a ser lo que siempre fue: un logro que se porta con la sobriedad y la humildad de quien ha dedicado su vida al saber.
Nota
- 1. United States Naval Academy. Commissioning Week Traditions: History. Annapolis, MD: USNA News Center. Disponible en: https://www.usna.edu/NewsCenter/_files/documents/COMMISSIONING_WEEK_TRADITIONS.pdf